CAPÍTULO 23 : SÍ, PARA SIEMPRE

Me quedé muda, sin aliento, con las manos cubriéndome la boca de la emoción mientras las lágrimas de felicidad pura caían libres y calientes por mis mejillas una tras otra. La luna brillaba sobre nosotros, el roble nos hacía de techo natural, el viento movía suavemente las hojas y el hombre al que amaba con toda mi alma, con cada pedacito de mi ser, estaba de rodillas frente a mí ofreciéndome su vida entera. Cuatro años atrás, en este mismo país, en esta misma ciudad, yo estaba de pie frente a un altar llena de ilusiones que se desmoronaron en segundos, creyendo que mi vida se había acabado para siempre. Nunca, en mis sueños más bonitos y más locos, me atreví a imaginar que el destino me tenía guardado algo tan perfecto, tan grande y tan verdadero como esto.

Asentí con la cabeza con fuerza, una y otra vez, sin poder hablar todavía por el nudo de emoción en la garganta, y le tendí ambas manos temblorosas hacia él.

—¡SÍ! —logré decir por fin con la voz rota y llena de amor—. ¡Sí, mil veces sí, Dante! ¡Te acepto, te amo, quiero ser tuya hoy, mañana y por toda la eternidad!

Se levantó de un salto rápido, me tomó en brazos levantándome del suelo y me giró en el aire varias veces riendo y llorando de felicidad al mismo tiempo, antes de posarme suavemente de nuevo y besarme despacio, profundo, sagrado, un beso que sabía a futuro, a paz, a todo lo bueno que nos esperaba. Me deslizó el anillo en el dedo anular de la mano izquierda: quedaba perfecto, brillaba con luz propia, y sentí en el alma que ese pedacito de metal y piedra llevaba esperando por mí desde antes de que naciéramos los dos.

No quisimos una boda grande, llena de gente, de protocolo, de aparatosidades ni de prensa. Tuvimos suficiente de eso, de miradas, de comentarios y de público para toda la vida. Decidimos que sería algo íntimo, pequeño, sagrado, solo para el alma. La fecha elegida fue exactamente cuatro años, un mes y tres días después de aquella ceremonia que nunca se completó. El mismo lugar: la Catedral de San Cristóbal. La misma luz de mediodía que entraba por los vitrales de colores. Pero esta vez todo era distinto. Esta vez nadie saldría corriendo por las puertas. Nadie traicionaría. Nadie quedaría solo.

Solo asistieron veinte personas en total: mi mamá, que no paraba de sonreír y llorar de emoción, el hermano Adrián, que acompañó a Dante hasta el altar y lo hizo llorar de emoción solo con mirarlo, Alejandro, que llegó discreto y se sentó en la última fila con una sonrisa tranquila y feliz, Sofía como dama de honor, Rodrigo, todo el equipo cercano y pocas personas más que amamos de verdad. Yo no vestí de blanco marfil ni de cola larga ni encajes pesados. Llevaba un vestido sencillo de seda color azul noche, igual que el de la noche de la gala, largo, fluido, ligero, que brillaba suave bajo la luz del templo. El azul del cielo, del mar, de la calma, de la vida nueva. No había velo que me cubriera la cara ni me ocultara. Iba la cara descubierta, orgullosa, feliz, caminando del brazo de mi madre por la alfombra roja, y al final del camino, esperándome firme, sereno y radiante de amor, estaba Dante.

El sacerdote nos habló con palabras hermosas, sencillas y profundas sobre el amor verdadero: que no se trata de nunca caer, sino de levantarse juntos; que no es solo alegría, sino también compañía en el dolor; que el amor que ha pasado por el fuego, la prueba y la oscuridad y sigue en pie, es el amor que ya nada ni nadie podrá romper jamás. Cuando nos llegó el turno de decir los votos, no leímos nada escrito en un papel. Lo dijimos todo desde el alma, mirándonos fijamente a los ojos, sin apartar la mirada ni un instante:

—Yo te prometo —empecé yo con la voz firme y dulce—, que después de haber conocido la traición, el frío y la soledad, elegirte a ti cada mañana de mi vida va a ser mi regalo más grande. Te prometo lealtad absoluta, comprensión, ternura, fuerza cuando te falte y hombro donde apoyarte siempre. Te prometo que jamás te haré sentir solo, ni incomprendido, ni menos que nadie. Te amaré con todo lo que soy, hoy y siempre.

Dante me tomó las dos manos entre las suyas, y con la voz quebrada por la emoción que contenía, respondió:

—Yo te prometo, Valeria, que el día que te vi parada en la puerta de esta iglesia destrozada pero invencible, mi alma te reconoció antes de que mi mente supiera quién eras. Te prometo que nunca más tendrás que caminar sola ni defenderte sola de nada. Que tu dolor será mi dolor, tu alegría mi alegría, tu vida mi vida. Que cuidaré tu corazón como el tesoro más valioso que existe en el universo. Que seré tu escudo, tu refugio, tu compañero y tu mejor amigo por encima de todo. Te amé en silencio cuatro años. Te amo en voz alta hoy. Y te seguiré amando por toda la eternidad.

Cuando nos dijo por fin “podéis besarnos”, lo hizo con toda la ternura y la pasión del mundo, en medio de los aplausos suaves y las lágrimas de felicidad de los pocos presentes. Al salir de la catedral de la mano, bajo el sol de mediodía, sin alfombras rojas ni cámaras, solo abrazados, sentí por dentro una certeza absoluta y dulce: lo que no sucedió cuatro años atrás, no se perdió. Simplemente se estaba guardando, madurando, esperando el momento justo, para ser infinitamente mejor de lo que cualquier sueño hubiera podido imaginar.

La celebración fue en nuestra finca, comida rica preparada entre todos, música suave, vino, risas, abrazos y brindis hasta que salieron las primeras estrellas. Alejandro se acercó a saludar y despedirse temprano, y antes de irse me dijo muy bajito al oído:

—Hoy vi lo que debió ser siempre. Y me hace inmensamente feliz. Perdóname por haber sido el motivo de tu dolor en el pasado. Gracias por dejarme ver tu felicidad completa hoy.

—Todo lo malo sirvió para llegar a esto —le respondí sincera, apretando su mano con cariño—. No guardo rencor de ningún tipo. Solo gratitud por lo que soy hoy.

Más tarde, cuando ya solo quedábamos los dos en el porche grande mirando las luces de las velas encendidas por todo el jardín, Dante me rodeó por la cintura por detrás, me besó suavemente el cuello y puso su mano sobre la mía apoyada en la barandilla, donde brillaba el anillo.

—¿Te das cuenta? —me susurró al oído—. Todo lo que fue una pesadilla, al final se convirtió en el sueño más bonito jamás cumplido.

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